Lo he ganado todo. Lo he perdido todo. Y si te soy del todo sincero no sabría decirte bien la diferencia, excepto las pautas que hoy sé inútiles y alimentaban el ego y la soberbia. Tú me miras con ojos derrumbados. -Pudimos ser tantas cosas- susurras, no sin razones, en un desánimo que congela el vaho onírico de las cándelas. Yo nunca tuve la voluntad de la permanencia, sin importarme los ajuares fabulosos que se me presentaran. Yo era imbécil, querida mía. Con momentos fascinantes, no lo niego, pero incapaz de compatibilizar una vida de responsabilidades que se alargara más allá de los caprichos de mañana. Yo podía darte un placer que seguirás buscando con creciente frustración el resto de tus días. Pero jamás hubiera podido darte la estabilidad y la tranquilidad de un amor sin voladuras, que desayuna, come y cena cada día sin estridencias ni demandas de tebeos de aventura. Por eso confieso que he vivido aterrorizado por las mujeres extremadamente bellas y extremadamente inteligentes, capaces de emocionarte y convencerte a la vez, menguando en el cebo tus pobres convicciones. Tú, que siempre fuiste mucho más de lo que yo podía digerir en una sola sentada, tuviste compasión y me regalaste el vuelo. Te prometo que guardé el billete para la nostalgia mientras sobrevolaba sin ataduras los lugares y las gentes que me han convertido en quien soy ahora. Por eso en mis memorias carcomidas por la bruma el capítulo más bello llevará tu nombre.

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