Esta es la última noche que te velo. Porque el invierno y sus monstruos ya están llamando a nuestra puerta. Toca marchar hacia las tierras altas, allí donde el frío es una cuchilla que degüella y el oxígeno una comodidad que te quema los pulmones. Donde el silencio es el único lenguaje y mi nombre suena como el repentino quebrarse del hielo sobre un lago congelado. No deseo otro paisaje ahora que la tundra helada. Un mantón níveo que todo lo equipará, aboliendo egos, pigmentos y alcurnias como si el ser humano hubiera nacido realmente en democracia y libre de las maledicencias. Aquí sólo se escucha el llanto compungido del venado a medianoche y, a veces, la épica rotura de los sueños sin futuro explosionados para siempre en los bolsillos. Regresaré? Me preguntas. No, no existe posibulidad alguna. Nada en esta tierra que abandono me pertenece o me llama. Entraré en el centro desatado de la tormenta y amaneceré despejado al otro lado. Con la mochila y las manos vacías. Con el corazón suturado después de tantas puñaladas. Nadie necesitará volver a recordar mi nombre. Ni yo necesitaré pronunciar nombre alguno. Me sentaré sin pretensiones en lo más alto de estas montañas y si mi cerebro se aquieta lo suficiente pasaré a ese otro lugar en que la vida recibe otro nombre: No es vida. No es muerte. Pero las imita a ambas.

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