Porqué no decirlo? Yo siempre tuve la suerte del Diablo! Y a mí puerta de mentecato se desnudaron las más bellas mujeres de quitar el hipo y enconar la sangre toda en el bastón de mando. Quiénes fueron esos ángeles pérfidos que entre maquiavelia y la inocencia me permitieron tocar todas las teclas de la hermosura, mientras ellas enloquecían en un sacrificio arduamente buscado. Cayeron por decenas: preciosas hasta el llanto, construidas para el espectáculo que enmudece la grada, curiosas y entregadas porque aproximarse al fuego de un canalla expulsado por Dios mismo es un reto que pulsiona los sexos como ninguno. Yo siempre tuve magia en las falanges y un corazón profundamente enrabietado. Danzad! Danzad! Niñas aladas! Gritaba explorando las llanuras rugosas que cubren la húmeda cavidad de los secretos. Ellas, salvajes como alazanes rebeldes, colapsaban y miccionaban gloria y sorpresa entre mis manos en una rendición casi divina. Les debo sin reproches haber tenido el honor de disfrutar senejantes maravillas. Les debo haber experimentado tantísima ternura. Jamás fui dueño de ninguna. No tenía yo la fiereza para latir al unísono con semejante batallón de Valkirias! Pero este recuerdo, crudo, sincero, enormemente agradecido, fascinado aún por tanta perfección posible en el diseño de la carne y la mente, sirva de homenaje ahora que mis alas sangrantes y chamuscadas pueden recuperar su luz y equilibrio algún día.

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