Esta es la última parada. En uno de esos callejones despoblados, húmedos y oscuros, donde la muerte con voz de cuervo sisea contraseñas a los desheredados. En uno de esos lugares rancios, sucios, apenas transitados, donde el lumpen languidece entre vahos de miseria y grosera desesperanza. Esta es la última parada. Breve, sin pretensiones, cercana al zapatazo, sin mascotas disfrazadas, ni bandas ni corrillos de plañideras. Cuando llegas aquí llegas solo. Sin artificios ni mascletás. Llegas como un deshecho que a nadie importa. Improductivo, un gasto social ajeno al engranaje, demasiado libre en los gestos y las opiniones. Marchito bajo la severidad de la vida y la ignorancia de la gente. Llegas con el futuro caducado, ennegrecido, inviable y la sensación de que sobrevivir un día más es una gesta heroica para tirar cohetes. Esta es la última parada. Invisible para todos. Acabadas todas las excusas, sin más posesión que el presente. Es el lugar en el que preguntarse “Y ahora qué?” mientras remitimos el moco con la holgada manga de un abrigo centenario. Yo, acomodado sin vergüenza en la vanidad de mi último palacio, liberado de toda carga y de toda relación inútil, te garantizo que en pocos meses tomaré el tren de la última parada. Vivir acojonado en el teatrillo de la vida no es un trabajo que me seduzca.

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