Ellas rugen esta noche la última proclama de deseo. Un alarido desgarrador que acuchilla la jungla metálica con una urgencia que es orden. Yo que nunca tuve que aguardar su benevolencia me sorprendo ante una petición tan explicita como desesperada. Pero quién soy yo para juzgar sus apetitos? Yo que ya no corro cual jovenzuelo empalmado al encuentro de sus sexos zalameros reclamando satisfacción y gimnástica. Yo que sin merecerlo ya tuve un ejército de princesas de belleza insultante y pasiones plebeyas. Yo que siempre perdí la guerra contra su seducción felina y sus sonrisas de azufre. De veras no soy nadie para cuestionar sus motivos o sus turbias maneras. Ellas, empoderadas por sus formas golosas y sus cerebros superiores, danzan peligrosas bajo los haces lunares. Exóticas. Gitanas. Bandoleras. Nunca humanas. Imposibles en la fascinación que provocan. Letales en una posesión que no conoce límites ni da respiro. Me constan tantos desventurados que cayeron atrapados, exprimidos hasta el delirio y la desesperación. Seres inocentes que creyeron poseer el encanto suficiente para el indulto y acabaron succionados hasta el tuétano. En esta noche estrellada, bajo el sprint de las Perseidas, ellas taconean con desenfreno, en una orgía flamenca de fluidos y hematíes. Bellas hasta la locura. Hambrientas hasta el exceso. No hay muerte más exquisita.

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