No seré yo quien los desvele. Mayestáticos hasta el miedo. Altísimos como columnas celestes. Aunque presuman de empatía, revestidos de una soberbia legendaria propia de los inmortales y de quien jamás perdió una batalla. Observan como obeliscos entre las brumas. Protegiendo una cólera que si se desata arrasará con todo en un periquete. Yo jamás los tuve en gran estima, siempre dispuestos a nutrir el camposanto con una alegría sospechosa. Adictos al mandoble feroz que decapita. Porque expulsar la cabeza de un cuerpo les pareció siempre la forma más certera de justicia. Los encontrarás desplegados al viento en las azoteas, en lo alto de los rascacielos, en las cúspides de las montañas, engullendo con gesto adusto todas nuestras fechorías y comportamientos obtusos mientras el reloj de la masacre descuenta sin pausa los segundos. Durante siglos recibieron pleitesía y aún así me han parecido siempre matones pendencieros. En todas las iglesias del mundo, no importa qué fe ni qué geografía, los textos sagrados predican su historia: guardianes alados en benevolente custodia. Qué demente escribió tamaña fantasía? Son Guerreros sedientos de sangre, destructivos, capaces de esgrimir nuestras muchas tonterías como excusa final para justificar el asalto. Nada los detendrá llegado el momento. Estad preparados.

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