Mueres para nacer de nuevo. Para construir alrededor del gen primigenio una nueva máscara que te dé nombre y aspecto. Para alimentar con tu experiencia el hálito original que te mueve, siempre hambriento tras el formidable vómito que expandió todas las cosas. Yo viajo aturdido bajo la luz multicolor de las constelaciones, recopilando saberes con que nutrir el apetito insaciable de la primera mente. Conectado al Big Bang por un cordón umbilical que es invisible pero que dota de razones el sopor de ser humano. Luchando contra el alzheimer cada vez que me disfrazo, porque la vida no nos permite jugar con todos los recuerdos. La noche es el espejo en que nos reflejamos, ausente el engaño con que el día matiza los errores. Solos. En un sentido tan profundo que no hiere, porque la gente siempre fue motivo de traición y desconfianza y el oropel una comodidad por la que jamás sentimos devoción suficiente. Cuando la sábana oscura se adueña de las horas nosotros navegamos las sombras como bucaneros que no desean avistar tierra firme. Satisfechos con el balançado maternal con que los mares mecen nuestras almas. Al margen de las riñas y trifulcas que asolan el mundo conocido. Morir nunca fue un final, sino un principio.

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