Yo soy yo. Tú eres tú. Él el él. Él es ella. Ella es ella. Ella es él. Él y Ella no son ni Ella ni Él. Vivimos juguetones los tiempos del género inexacto. Es liberador. Es original. Es quizás confuso si no comprendes que a la persona nunca la definió su sexo biológico, sino la mente que la mueve y la adorna a su capricho. La física y la química de la genética manipuladas por la creencia íntima de la identidad cerebral. Hemos aprendido a vibrar en frecuencias diferentes, nuevas, rebeldes para con los cánones bautismales que vallaban los pastos de cada uno. Libamos flores alternativas con alegría desbordada. Sin vergüenza. Con orgullo. Sin permitir que sean otros los que nos dicten las reglas y los amores. Descubrimos encantados que la reproducción no era la única utilidad del juguete. Y de ahí a la fiesta y a la eclosión del amor sin más barreras que las que cada cual se imponga. Qué bello catálogo de seres multicolores rivalizando por ensanchar el campo de juego. Yo, que no sentí la necesidad de lanzarme a este ruedo de las maravillas, admiro a quien salta la barrera sin importarle los pitos del respetable, decidido a mostrarse sin disfraz en toda su belleza personal y única. Retador. Sincere. Sin el miedo atávico de Adán y Eva.

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