Es una tarde lánguida de granas enfurecidos y naranjas de oro puro. Ella me mira con ojos que son farolas de cadmio y polvo de estrellas. Yo nunca supe defenderme de las mujeres hermosas. Y para mi desgracia, he tenido tantas… Ella sonríe sin malicia, resplandeciente como el sol abrasador al mediodía, y a mí se me derrite el alma en su presencia. Nunca comprendí porqué ella y las otras me regalaron toda su belleza como si yo la mereciera. Tanto rostro perfecto. Tanto cuerpo de bandera. Y yo, Quasimodo dichoso, tuve que aprender a gestionar tanta maravilla sin que la máquina ardiera. Ella se levanta en un enjambre de curvas que abre el apetito. Yo cierro mis ojos como queriendo guardar para mí los perfiles golosos de su anatomía. El ronroneo de las olas cubre las huellas de sus pies sobre la arena. Y yo no me creo mi suerte. Es una tarde de abracadabra, llena de magia y de paisajes que son postales. Ella se desnuda como retando al Índico. Y el horizonte se sonroja. No tardaré en salir huyendo como un asno apedreado, porque nunca fue prudente acaparar tanta alegría.

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