Yo desconozco tus lugares favoritos, pero de tu mano rondé entera la superficie resplandeciente de la Luna. Yo desconozco los paisajes en los que prosperas, pintada en lapislázuli y pigmentos preciosos, pero tus facciones son el mapa de todos mis tesoros. Yo desconozco los escondrijos en los que te ocultas, pero tu soledad, tan áspera y primitiva, es el reflejo en el que se miran todos mis días. Yo desconozco aquello que te enamora, pero caminar contigo sigue siendo la única razón para no correr despavorido hacia el precipicio. Al final de todos los desembolsos y reembolsos el mundo es como un puesto de ultramarinos al que se le agotó el género. Estanterías vacías. Latas caducadas. Calderilla abandonada sin valor alguno. Si pudiera, si tuviera el permiso de las voces adultas, te mostraría la luz que se esconde bajo el burdo ropaje de esta maquinaria que aún no he amortizado. Yo, que resido en la última frontera de tu sueño más profundo, te desvelaría a carcajadas que tú, yo y todos somos una misma cosa vibrando al unísono en la complejidad de las esferas.

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