Yo que hablo todas las lenguas y aún así enmudezco en tu presencia. Tus ojos psicodélicos me abruman. Como jinetes oscuros cabalgando hacia mi mente en una justa que he perdido de antemano. Tu mirada absorbe, cual agujero negro que despertó con gazuza, como si aspirarme el alma sin aviso fuera una jugada lícita. Yo camino sobre la tierra yerma que ya apenas suspira. Sobre ciudades que ayer hervían con los latidos y el bullicio de gentes merendándose la vida y hoy son ruinas humeantes porque un chalado prepotente y falto de empatía decidió jugar con soldaditos para alimentar su ego! Yo tengo mi mano asida por la tuya con una fuerza que enternece. En un gesto que a veces incluso dudo que merezca. “No caerás” dices sin mover tus labios. Y nada me parece más hermoso que tus alas gigantes devolviéndole al sol sus reflejos. Las mías, cautivas en llamas palpitantes que ninguna lágrima calma, pronto serán sólo cenizas que la ventisca dispersa sin retorno. No temo caer desvanecido en el vacío, en una pirueta kamikaze que pase página a tanto derribo. Pero me conforta tu esfuerzo casi materno y la forma en que tu corazón immortal parece a veces acunar al mío. Como una oración indígena en un idioma completamente desconocido. O como el llanto entre el que escribimos la última poesía.

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