Escucha la voz ajardinada de los rododendros, susurrando poemas callejeros que sólo el viento comprende. Yo sobreviví a esta noche asesina, en la que tu sexo diletante trató de devorarme a dentelladas. Me salvé por los pelos, porque salí al galope abandonando tu desnudez hipnótica sobre el raso rojo de un cadalso improvisado. Qué peligroso es yacer junto a un áspid de ojos grises y curvas imposibles, promiscua y pendenciera, capaz de zamparse sin pensarlo demasiado el cuerpo embelesado de un amante idiota. Te miro desde lejos, sin cesar la huida. Qué animal tan bello en medio de la ciudadanía! Yo nunca tuve vocación de aperitivo para princesas letales, pero reconozco que la hermosura apabullante que te viste me confundió por un instante las leyes y las alarmas. Hoy, embriagado por esta Primavera húmeda como tus entrañas, añoro el desparpajo de tú anatomía en pie de guerra y tu mirada de escalpelo capaz de diseccionar sin miramientos mi corazón entregado. Llueve a cántaros sobre las calles vacías, como si tras tanta tragedia y sangre malgastada el mundo quisiera ver crecer rosas en el asfalto.

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