En la breve caminata hacia la muerte todas las almas pierden sus monturas. No importa la cuna ni la herencia, todos cruzamos a pie la puerta del cadalso. Yo viajo los días repleto de amores. Y aunque cargué mi mochila con piedras innecesarias desde el primer día, me maravilla la generosidad con que la vida sació mi corazón sin enjuiciar mis errores. Y si vuestra cercanía a menudo me provoca dentera, es porque la soledad es un hogar del que a menudo no me gusta alejarme demasiado. Por eso son mias todas las madrugadas, cuando la noche me abre su cancha y el día aún no me ciega con sus resplandores futiles. Qué importan las ratas avariciosas tratando de roer el barco sin saber qué con ello se ganan su propio ahogo? Qué importan los falsos amigos siempre prestos al convite y tan reacios a la hora de prestar ayuda? Yo vivo al final de los arrepentimientos, allí donde los nazarenos consuelan sus llagas y los penitentes enjuagan sus heridas. Allí donde las deidades no aceptan disculpas y el hombre es un amasijo de equivocaciones cuya expiación promete ser una gincana interminable. Yo vivo al borde del anatema. Allí donde la sangre ya no resulta útil y la carne no es otra cosa que un disfraz decadente. Camino de la mano de aquellos que yo elegí encontrar al final de la jornada. Indiferente a cualquier advenedizo que quiera integrarse en la manada. Acepta este consejo: Amar y ser amado es quizás el único placer que puedes permitirte sin provocar la ira de los dioses.

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