Ella se cobija en un recoveco de mis sueños, liviana como una pluma balanceándose en la brisa sofocante del estío. Yo la veo cabizbaja, marrullando poemas antiquísimos en su lengua extraña mientras a su alrededor los arcángeles solemnes afilan sus cimitarras. Le conozco bien pesares y alegrías y sé que en el cómputo de nuestras andanzas pesan mucho más las lágrimas que las sonrisas. Cuando el día se extingue soasado por este agosto inclemente, ella sopesa dar la orden. Hay tanto que erradicar de nuestro comportamiento malsano que resulta difícil hallar argumentos para conmutar la pena. Y aún así la veo batallar con su consciencia, buscando algún resquicio que le permita obviar el magnicidio. Yo quisiera mirarla con firmeza a los ojos inflamados como teas y convencerla de que la humanidad no es todavía un juguete roto. Darle motivos para la esperanza, aunque los líderes del mundo demuestren un día sí y otro también tener cerebro de repollo. Explicarle que a la altura del suelo quedan gentes buenas que, unidas, bien podrían cambiar para siempre el curso de la historia. Ella duda, rodeada por aceros flamígeros prestos para el degüello.

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