Tú me leerás poco después de la Gran Hambruna. Con los ojos noqueados por imágenes tan horribles que la ceguera sería bienvenida. Con la respiración aún entrecortada porque el estropicio de los misiles ennegreció al unísono el aire y el futuro. Con las lágrimas resecas porque se te agotó la piedad ante tanta carnicería sin sentido. Rodeado de tierras devastadas que ya no delimitan nada, porque ya no existen corsés para las naciones y no queda ya país que no perdiera su nombre. Me leerás entre escombros y cadáveres, incapaz de asimilar toda la tristeza que te empaña el alma. Me leerás entre hogueras sin pausa, inhalando el aroma asfixiante de los crematorios mientras la Humanidad trata de enderezarse con pasitos agónicos. Yo, desaparecido en la masa amorfa de los sin nombre, te hablaré del hombre y de sus debilidades. De su afán ridículo por disimular que siempre fue un mico vestido de seda. De cómo la esperanza menguó a medida que crecía su soberbia, sintiéndose conquistador de toda la belleza del planeta. Te hablaré desde los ecos lánguidos del pasado para decirte que, bajo tanta tontería, aún pervive en él el gen de las maravillas. Ese exo-añadido que lo bajó del árbol y lo subió al cohete. Y que en su profunda estulticia, aún es capaz de reconstruir una civilización entera para darse el placer inconfesable de destruirla de nuevo.

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