No quiero recordar y no te olvido. Vehemente en la memoria como un insulto que hiere. Yo que te he visto cubierta en harapos bajo el frío insostenible de la medianoche. O acurrucada en el espigón del desencuentro, allí donde los errores se agigantan y la vida empequeñece. Te he visto con tus ojos gigantes y esa mirada de amapola capaz de desbrozar la jungla descomunal en que vivías. Hoy, desde este paramo yermo de aventuras y quereres, me niego a revivir la traición que me regalaste. Quién soy yo, truhán de genitales desbocados, para juzgar las razones que te mueven? Yo no poseo un libro que pontifique el bien y el mal en todo cuanto me sucede. Apenas tengo cerebro para intuir la equidistancia de todas las cosas. Por eso sigo aquí, plantado en el erial que ayer fue nuestra casa. En el suelo, todos los hilos desprendidos del alma que creí que nos unían, mi ceguera al no comprender lo evidente, mi egoísmo al pensar que yo podía nutrirte con todas las razones. Yo sólo soy un peón que manos divinas mueven a través del tablero, sin el lujo de la lágrima o la carcajada sincera. De todo me alimento. Esa es mi única función en la partida.

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