Despierto en la noche como en la paz de un útero, solo, atrincherado tras sombras como escudos que protegen mis palabras de la luz artera. Cuando uno escribe habla por boca de muchos. Como si un carrusel de extraños pugnara por ocupar tu mente con cuitas que no siempre reconoces. Qué sé yo de arte o de filigrana estética? Qué sé yo de literatura o del buen uso gramático si apenas soy un gorrino ilustrado narrando incertidumbres. Yo sería feliz en una noche eterna, como una muerte despierta donde el ansia no lo devora todo. Amortajado por la brisa helada del invierno que desinflama la sangre y los deseos. Sin más responsabilidad que el siguiente latido. Excusado de las gentes y sus consecuencias, en una soledad dulce que nada reclama y en la que me reconozco. Aguardando una tormenta colosal que todo lo electrice, como si el rayo y el trueno fueran viejos camaradas de tropelías. Desconectado del hilo y de la rueca como si viviera embalsamado al margen de toda noticia. Libre, al fin, de tanta tontería.

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