Marcharé en un movimiento inesperado. Sin que apenas nadie sepa a dónde he ido. Como si el mundo fuera un escenario de feria y yo un conejo volátil en una chistera. Marcharé porque este lugar es ya una casa vacía y afortunadamente aún quedan destinos que son mortajas. Marcharé porque en mi interior todo son ecos polvorientos de tiempos que apenas recuerdo, porque los rostros entre las sombras nunca fueron bienvenidos, porque tanto depredador avaricioso no merece ni respuesta y su desasosiego es mi descanso. Marcharé sin colecciones, porque la posesión es un ancla y toda piedra en la mochila una concesión absurda que nadie agradece. Marcharé como una rúbrica ejecutada sin mimo al final de un relato que nunca debió haber sido. Libre de quédates y no te vayas, porque corté a mi alrededor cualquier vínculo que supusiera atadura y hoy volar es posible cuando el viento lo proponga. Marcharé con la soledad empaquetada. Solo, como la última marioneta, como el último segundo antes de que el sol se ahogue en el océano y la noche se adueñe de todos los paisajes. Marcharé como el Ángel Caído, derrotado no vencido, descendiendo con las alas desplegadas la agónica escalinata que lleva del Cielo al Averno. Y en un violento suspiro liberaré cuantas atrocidades menguaban mi espíritu. Invisible en este exilio consentido. Como un epitafio que no concluye nada.

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