“Quién se acordará de ti cuando te vayas?” me pregunta la voz pizpireta que surfea las sombras. Yo aspiro al olvido, querida mía. Zafarme del abrazo de las gentes convertido en un soplo de aire frío. Huir de toda mención, de todo recuerdo, como si en el almanaque de todas las cosas que fueron mi nombre nunca hubiera sido. Desvanecido en el viento como un extranjero que nunca echó raíces en este escenario. Volatilizado en el éter sin haber dejado huella ni memoria que torpedee mi ausencia. Por eso un día me iré de parranda junto a un bufido de tormenta. Sin alardear de nada. Sin oros, sin títulos, sin propiedad alguna que incomode en los bolsillos. Sin acritud ninguna, porque nunca busqué nada que el mundo no quisiera darme. Rotos los lazos. Chamuscadas las lealtades. Abandonaré el vehículo sin nostalgia. Porque la vida nunca fue ese espectáculo que nos prometieron. Me iré sin plañideras, sin plegarias, sin fanfarria de sotanas. Me iré como se va el rocío de la noche cuando el sol despunta. Como se va la oscuridad de madrugada. De puntillas, como se va la marea cuando el mar se encoge. Como si todo lo vivido hubiera sido un sueño con que ocupar un breve mediodía. Al final de todas las peripecias sólo buscaré un lugar en el que la luz acerada de la luna ya no lastime mi sombra.

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