Al final de las callejuelas de nombre oscuro, la noche hacina a los desamparados. Mugre y penitencia adosadas a la carne otrora humana, transpirando hedores que ofenden a los bienaventurados. Rostros demolidos que antes fueron niños; carcasas de luz mortecina donde el corazón parece ya rendido; una pelota de harapos donde la dignidad apenas halla un hueco. Qué sencillo es olvidar a los que no tuvieron suerte! Exiliados en los confines de una ciudad con prisas que nunca se detiene a tender la mano! Ignorando el esputo y la tos ronca, los autómatas de metrópoli evitan la desgracia ajena como a un virus contagioso. No hay compasión para quien erró el paso en un traspiés inesperado; la solidaridad es utopía para quien cayó noqueado por el gancho de la vida. Sobre el ladrillo húmedo y brillante se amontonan las almas amortajadas en desgracia. Ojalá yo tuviera el valor de sentarme entre ellos sin temor a inhalar el hálito de la muerte! Ojalá mi piel se confundiera con la suya sin que mi arrogancia se hiciera eco del ultraje! Pero, mírame, no soy mejor que la cucaracha que cierra las catedrales a quienes añoran el calor de las gentes, incapaz de encontrar una razón para combatir tanta miseria. No soy mejor que la mirada que vive abducida en el callejón del olvido; no merezco mejor trato que el que rebusca en mis desperdicios una pizca de consuelo; no tengo más derechos que el que perdió todo por un lance malogrado del destino. Mírame. Yo también soy un paria buscando desesperadamente asilo.

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