Cuando leas esto ya me habré ido. Proyectado a través del cristal de la vida como en un cartoon de mediodía. Tragicómico entre la indiferencia. Sin más razones que las que aún no conoces. Hijo de la mar y de la zamburiña; de la rondalla y de la virgen negra. Arrullado por la última nana que nadie tararea. Menguando en el caldo como un cubito energético al que se le diluyen las memorias. Solo en medio de este vacío por el que los guisos del alma viajan sin esperas, como si la eternidad fuera un patio de colegio y yo el gañán de rodilla ensangrentada. Abandonado el corazón en una estación sin nombre o tras la niebla adusta del otoño. Cuando leas esto seré recuerdo que deviene olvido en el goteo inhóspito de los días. Sin acritud, como son todas las cosas. Cabalgando el éter y el neutrino mientras a mi alrededor las murallas se derrumban. En cruz entre la carne apolillada ahora que mi deuda con el mundo se ha saldado con un último suspiro. Templado bajo una mortaja que ya no contiene restos. Navegando hacia otro horizonte con los bolsillos llenos de preguntas nuevas.

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