Yo vivo en el latir adocenado de los trogloditas, retozando bajo el atardecer prehistórico entre el coco y la papaya. Bruto entre dinosaurios. Deshuesados los quereres que se evaporaron de a poco, como si esta niebla constante que ahoga las junglas fuera letal al sentimiento. Ejerzo las voluntades de la tierra, erecto entre el manglar y los pantanos, rifándole a la hierba el rocío fresco de cada mañana y a la roca el esquisto que todo lo conserva. Mis huellas son tatuajes sobre la espalda del tiempo en un diálogo de eones que tus enciclopedias desconocen. Empapado el vello que cubre mi sangre, desafío la tormenta sin más armas que el latido tosco en mis sienes y la cachiporra. Yo que colonizaré los continentes de desasosiego y utopía! Yo que preñaré de ira todos los rincones del mundo! En la polvorienta quietud de la sabana las bestias reclaman su sustento. Y yo, la más voraz de todas, afilo el colmillo mientras ensayo el Apocalipsis con que concluirán los tiempos. A través de los portales en el éter tú me miras como a un juguete roto. “Cómo pudiste crecer tan salvaje, tan ajeno a las cosas que de veras importan?” preguntas incrédula ante mis pupilas furibundas a las que sólo alimentan las masacres. Yo sé que pude ser una dulce alternativa, pero me venció el ansia por poseerlo todo. Se me tropezó la luz en la oscuridad de las cavernas hasta que la noche se convirtió en una gincana de furia y violencia. Me hice amigo del cadáver y de la inconsciencia. Y por mis manos desfilan hoy todos los crímenes sin ningún remordimiento.

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