Ella no castiga con vehemencia las convulsas travesuras del hombre. Sonríe comprensiva ante el estropicio infantil de nuestra fanfarronería. Nada hace mella en su paciencia aunque nuestros misiles apunten a menudo a su corazón desarmado. Ella puede desactivar sin aspavientos la voz vitriólica que ruge en los panfletos, el bramar guerrero con el que pretendemos solucionar todos los debates, el gruñido de troll con que escupimos a nuestros enemigos. Yo soy la tosca procesión de mis animosidades, la razón que alimenta mis delirios de prohombre, el basilisco que firma mis reacciones inflamadas. Ella contempla entretenida mis maldades. “Son trastadas de chiquillo” parece decir su mirada, mientras yo quiebro en mil pedazos el equilibrio delicado de la tierra. Ella conforta la faz amoratada en mis reyertas cada vez que silencio el cerebro y permito gobernar a mis pelotas, cada vez que mi inseguridad me espolea a la batalla. Al aplacarse el día sobre mis ejércitos ella nos mece entre los rizos oscuros de la medianoche, donde cada latido es una fiesta y la inquietud se desvanece frente al danzar hipnótico de las llamas. Su voz como brisa nos canturrea en un arrullo que todo lo calma. Un día renunciaremos a la violencia por bandera y yo le entregaré sin rechistar mi artillería. Desnudo de mí mismo, sin vanidades que me oculten, aguardaré la caricia definitiva que me ilumine el alma.

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