Palpo las rugosidades en la muralla del tiempo como un invidente tantea el rostro incierto de una primera cita. Busco una hendidura por la que huir del calendario, como si el quark y el neutrino pudieran confabularse en mi escapada. Ya no me motivan las tensiones del mundo, porque en ambos lados de la cuerda un grupo de majaderos pretenden arruinar nuestro futuro legislando sandeces. Por eso se me antoja idílica una huida en toda regla: Cargar los bártulos indispensables, abandonar la mochila repleta de piedras que te agotan, vaciar el corazón de quereres que son chantajes y lanzarse proa al horizonte sin más responsabilidades que la dignidad de uno mismo. Lejos de la cultura del escupitajo. Lejos de tanto hipócrita que todo lo fía a despotricar del vecino, incapaz de hacer autocrítica de sus miserias evidentes. Aún existen lugares en los que la vida no te acuchilla cada mañana para abortar el sueño, donde la luz no es un interrogatorio que te despelleja el alma, donde las gentes no son el enemigo. Donde al caer las sombras turquesa no tenga ya la necesidad de susurrar tu nombre.

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