El viento me habla a bocanadas que son gritos. Esprintando impune por callejones y avenidas con la impertinencia del pillastre y la fuerza de quien todo lo arrasa sin arrepentimiento alguno. Veloz como un cimarrón al galope recorre como exhalación las esquinas del mundo. Desbaratando los puzzles que construimos. Dispersando los sueños sobre los que apuntalamos el futuro. Recordándole al hombre que la Naturaleza desatada es la única arma contra la que no existe defensa. Yo aguardo parado en una tundra que es infinita. Allí donde el frío te despelleja hasta el alma, desnudándote del ego y de las alhajas que ya nada significan. Sólo frente a esta tormenta que todo lo expolia en un rugido que erosiona el hielo y todas mis excusas. Empiezo a vislumbrar el pasado, con ojos cansados que apenas enfocan. Como si esta niebla densa que nos cubre retrocediera en su empecinamiento por ocultarme la historia y el número prohibido que me identifican. Como si el vendaval salvaje que me flanquea no aceptará más sombras ni secretos. El invierno se yergue magnífico sobre las grandes cumbres hablándole de tú a las cimas del planeta. La noche se llena de auroras de colores imposibles que hurtan el aliento. Puedo prometerte esto: Volveré a ti sin hematomas. Libre de la hiel y la melancolía.

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