Mírame. No soy más que el triunfo tozudo de las mitocondrias. Un puzzle celular en el que manda la bacteria. Una salvedad primitiva en las grandes teorías de los números. Un lienzo en desarrollo donde la proporción áurea se perpetúa tatuada en los genes del álbum materno. Me repito como el ajo en la cíclica del Universo, renaciendo hasta el agobio, interpretando una y otra vez la misma pantomima. Visceral, anatómico, mamífero engreído. Plantados firmes los pies en la sabana. Desafiando al Cosmos como si la vida me debiera un homenaje. Erguido el esqueleto frente a una Naturaleza a la que ignoro. Y aunque no tengo explicación para la construcción de las grandes catedrales, sé de la vibración del átomo y de la materia oscura; de la intuición que nos mueve a través de la gincana; de la alquimia filosofal que a nuestro pesar nos mantiene vivos. Mido la longitud inabarcable del espacio con la vara insuficiente de la fe y de la ciencia. Ignorante del porqué de mi cerebro. Escéptico ante un alma volátil que me huye en desbandada. Desconozco las leyes que rigen el incesante parloteo de la sinapsis, la verborrea con que se adorna mi amígdala o esa orgía eléctrica con la que esculpo el guión del sueño. Y aunque nada de lo que veo existe de veras, danzo como una bailarina con pata de palo entre las esferas y el polvo celeste; atenazado por esta sed de subsistencia, dándole a la evolución mil excusas nuevas para acabar con la raza.

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