Mira que jocosos desfilan los muertos. Liberados del estrés que los mantenía vivos. Roídas las carnes que los atormentaban con deseo a ras de suelo. Hasta abrirle al alma una habitación con vistas al cielo. Qué cortejo alegre cruza el camposanto en un crujir de huesos y vísceras resecas! Torpes los andares sobre falanges desnudas, pero sonriente el gesto que no contuvo la tumba. Yo escucho sus vítores que suenan a quejido mientras la samba los mueve al ritmo atropellado de marimbas joviales. Mira la exquisita comitiva de fétido aliento recalar en los jardines de rosas y magnolias. Qué bellos los extremos entre la vida y la muerte para quienes, como nosotros, nos balanceamos todavía en el alambre. Ellos danzan libres por un día, rotas las cadenas que los retenían extra muros, cautivos bajo tierra sin fiesta ni ternura. Melenas al viento avanzan en tropa gozando como niños de tanta algarabía bajo los balcones. Qué importan el hedor y las lombrices frente a la vertical recuperada! Cuánta lindeza en sus cuencas vacías de mirada profunda como pocas! Abuelos, abuelas, padres, madres, hijos e hijas. Hermanos, hermanas, primos, primas, tíos y tías. Trotando felices e incompletos en la pradera de esta noche oscura. Todo cadáver de cualquier raza o cuna merece una vez al año este ejercicio de igualdad suprema. Yo me uno por un rato a tan disparatada cabalgata y a su trotar simpático bajo la luz de la luna. Tú y yo somos como ellos. Simplemente vamos con un poco de retraso.

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