El sexo es un bestia enjaulada en frenético desespero. Lanzando zarpazos cual mandobles de katana, rugiendo como una madre con un hijo atrapado en un edificio en llamas. Quisiera mencionarte por la exquisitez de tus facciones. De muñeca rusa. De musa. De bebé diablo. Cubierta de flujos y bañada en sudores de taquicardia y dopamina. Felina entre las poses crudas del deseo. Arrebatada la conciencia frente a la carne que se desespera. Voraz como un velociraptor en ayunas. Como un Godiva envenenado por los ungüentos de un cuerpo en celo. Angelical el rostro de querubín enfebrecido. Eufórico el suspiro cuando te perforaba el alma sin capote, ejecutando una verónica suicida que al unirnos nos apartaba. Ojos de lince, de hada borracha, de virgen embobada por un falo sagrado. Danzando sin maldad en el centro de la tormenta, con aura de fetiche, de vestal a la que nada importa. Labios de venado, de sofá surrealista, de madre, de Ka que susurra sortilegios que me nublan la mente y los atardeceres. Tibia tu piel de mamífero latiendo al tacto como un corazón en carne viva; disimulado el ofidio que repta entre tus muslos de guerrera. Silvestre. Homicida. Beoda porque la vida no supo darte cariño suficiente. Y aún así indeleble como la roca contra la que se erosiona la marea. Llena de elixires que no beberé nunca. Bella como un áspid que zigzaguea letal entre mis sueños. Eternamente joven a pesar de las grietas del tiempo. De veras no me gustaría irme sin rendirte el homenaje que te debo.

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