No soy yo quién para arrogarme la virtud de las palabras; para tatuarlas con mi nombre en un ejercicio de soberbia; o para esconder tras ellas los secretos de una vida que ni siquiera es mía. A las palabras no se las domestica. No se les achanta la voluntad con el arnés y la brida. No se le espolean los costados para azuzarlas a la carrera. Ni se las marca a fuego insinuando pertenencia. A las palabras se las escucha con respeto, mientras retumban al galope en el espacio indómito que se extiende entre nuestras orejas. Se las monta a pelo usando como rienda una plegaria, confiados en que el músculo y la nobleza no nos lancen por los aires en una hipérbole inesperada. Conscientes de que no tienen dueño al que reconozcan obediencia. Sólo una voluntad ancestral que desafía al tiempo y a la rueca. A las palabras hay que cabalgarlas sin destino evidente, donando la mano a la voz superior que las guía. Fluyendo como ríos que se abren paso a través de la selva de nuestros desvaríos. Avanzando como glaciares para los que la resistencia no es más que una anécdota jocosa. A las palabras se las lee, para ser así los primeros en conocer la historia que escribimos. Se las descifra como a un jeroglífico antiguo, sabiendo que cada frase es un enigma que no inventamos nosotros. Se las admira, porque al final de la escritura surgen siempre razones que ignorábamos. Las palabras no nos definen; nos dan la oportunidad de escuchar a quien nos habla.

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