Ella resuelve los trabalenguas que danzan entre los rizos del viento, mientras en la noche las aguas de la playa le sisan al hombre sus arenas milenarias. No hay premura en sus gestos de amazona, pero en sus pupilas de fuego bullen universos que nosotros sólo imaginamos. Cuando la luz grana del amanecer inflama las nubes sobre las ciudades, ella se adormece bajo el envés de las hojas de este bosque inanimado. Etérea entre las maravillas que se nos escapan a los tristes mortales. Ignorando las vuvuzelas y los misiles con que nos amenazamos en los campos de batalla. Enhebrando sueños como soles mientras la luna alumbra los soportales de las hadas que la guardan. Yo a veces me pregunto si es posible que aún recuerde el sonido de mi nombre: un susurro atávico entre las brumas de la campiña en silencio, como un Leviatán que asciende desde lo abisal hasta la luz del día para atormentar a la raza que no se ganó un hogar en paz sobre la faz de la tierra. Ella ruge como un volcán abierto al magma cada vez que nuestra ineptitud interrumpe su descanso. Preguntándose hasta cuándo ha de velar por tanto niñato malcriado. Luego, con una paciencia cultivada a lo largo de eones, nos cambia el pañal con mano delicada. “No rompas nada más…” nos aconseja al oído con maternal soltura, sabedora de que nuestra torpeza no conoce límites. Envuelta en la niebla que preserva todos los secretos, se zambulle de nuevo en la laguna de las historias olvidadas. Existir para el hombre es ciertamente una tarea de titanes.

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