Vives extenuada entre los callejones de una noche amarga. Incapaz para el abrazo o la sonrisa franca, porque todos tus sueños se retorcieron en quimeras hoy marchitas. Y tu nombre, otrora protagonista de leyendas, cayó en desuso a fuerza de evitarse. Porque a los juglares, vida mía, nunca les gustaron las historias que no acaban en el azucarero. Te conozco bien los brillos y los desconchones. En tus brazos un espíritu tan tenue que apenas late, porque al calor de la vida se le fueron helando las narices. Sola frente a las fauces del futuro. Atada al pavimento como una rosa que brotó entre adoquines. He llegado a ti como un extraño arrojado al foso del alma. Yo no sé si tú lo sabes, pero a ti y a mí nos obviaron sin pudor en los almanaques. Ígneos como lava en hielo Antártico. Eléctricos como una bobina cuyas chispas no cesan de malherir las sombras. Privados de nombre y de motivos nos abandonaron en el erial de lo imposible, junto a unicornios, dragones y gigantes, que aún hoy creen invenciones de una mente psicodélica. Por eso viajamos extramuros, descalzos como peregrinos que ya no hallan acomodo entre las multitudes. Ungidos por una tristeza que parece luto. Aguardando a que se ilumine un nuevo día. O a que este explote en mil pedazos.

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