“Quiero morirme!” me lanzas sin aviso a través de las ondas que todo lo engullen sin priorizar la alarma de tu desapego. No te queda ilusión ni esperanza con las que batallar la indignidad de la pobreza o el cansancio, que reconozco, cuando parece que el mundo te cogió ojeriza y en cada esquina aguarda una desgracia. Quisiera decirte tantas cosas! Como si mi voz pudiera ser bálsamo a todos tus ardores. Pero tus pies asoman ya en el precipicio y tu mirada se rindió a la vacuidad de los que ya no esperan nada. Te abrazo con la mente sin obtener respuesta, sólo el vaho azul de la brisa helada que te cobija. Ojalá supiera trenzar razones suficientes para abrirte una ventana chiquitita por la que escaparte de la melancolía. Tú, que en duelo permanente con la vida acertabas siempre con la estocada para zafarte de la muerte hasta un nuevo día. Tú, siempre dicharachero y fan de cualquier fiesta, danzando alborotado en azoteas con aires de locuelo bohemio. Adicto a placeres inmorales que a mí me chirrían pero a ti te alimentaban las costuras de la carne en pie de guerra. Siempre te supe próximo al abismo, pero me maravillaba la pericia jocosa con que fintabas todos los peligros en el último minuto! Por qué no hacerlo de nuevo, amigo mío? Créeme, esa habilidad no la tenemos todos.

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