Yo transcurro invisible en patera o hecho un cuatro entre los palés mínimos de un camión preñado. Abanderado por igual con la angustia que me roe y la esperanza que me engaña. Falto de excusas y equipaje recorro la distancia sucinta entre vida y muerte ante el control autómata de centuriones sin alma. No poseo ni los sueños, porque todo tiene un precio prohibitivo para el pobre al que la rifa no premió con el peluche de una existencia digna. Yo existo ajeno a tu mirada, confundido en la noticia cotidiana para no violentar el reposo de tus días. Ataviado con atillo y sabañones me consumo huyendo de mil desmanes para acabar atrapado sin resuello en el limbo de las naciones. Soy transparente. Soy ignorado. Soy un sufrimiento incómodo a los ojos de los bienaventurados que pergeñan razones obtusas para evitar tomar partido. En la trastienda multinacional se pudren por miles los cadáveres de quienes como yo llamaron a tu puerta sin éxito evidente. Quisiera que entendieras que no huyo por capricho, sino porque los poderosos no conocen mesura con la yema en el gatillo. Escucha mis pisadas multiplicarse sobre la tierra como un barrunto que ruge las vergüenzas de la raza. Hállame. Sálvame. Porque el mundo no tiene porque ser un lugar donde reine la alambrada.

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