Yo trabajo en un lugar oscuro de la madrugada, cincelando el amanecer hasta que el rojo de mi sangre tinta los cielos de hematoma. Hosco porque la vida siempre me regateó las alegrías, como si sólo en el desconsuelo mi corazón ganara músculo. Obtuso porque el mundo me negó las enseñanzas que todo niño anhela, porque entre las cuatro paredes de este campanario construí voluntarioso una cárcel que me ocultara a la parroquia; porque el tañir de mis hermanas fue a menudo bálsamo suficiente para tanta melancolía. Tú me miras con ojos que no hieren, como si tu belleza extraordinaria no fuera un salvoconducto a la soberbia. Y yo, secuestrado de toda gracia y garbo, tartamudeo azorado en tu presencia como un bobalicón enamorado. Y aunque tengo mil razones para eludir este contagio que me enferma los versos de diabetes en un géiser de palabras acarameladas, la huída se me hace imposible. Tú ríes en una explosión de cascadas argentinas que salpican cantarinas mi figura de bestia. Y sin incomodo me besas, como la mariposa de colores besa la flor azucarada. Cuando miro más allá de estas piedras que son muralla y coraza veo arder un mundo gobernado por miopes egoístas. Veo a gentes aterrorizadas sucumbiendo a la enfermedad y a la violencia que lo deshoja todo. Ojalá pudiera levitar mis temores con tu presencia. Pero a mí me construyeron romo para alertar al mundo a campanadas!

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