Este verano es un dragón desatado, soasando las almas de los transeúntes poco precavidos que transitan bajo las llamas. Yo me mantengo parapetado tras los cristales, como si el exterior soleado estuviera plagado de esporas asesinas. Sobrevivo sorbiendo la soledad como un elixir que mantiene el tam-tam del músculo carmesí activo. Nada queda ahí afuera que me motive a la aventura. Apenas un par de lugares perdidos por el mundo aguardando mi llegada o esa sensación extraña de revisitar lo vivido. Las tierras, secas y adustas como un rapaz pueblerino, yacen desoladas bajo rayos criminales que evaporan la esperanza. Yo, chapoteando en sudores, rememoro estíos perdidos entre la vegetación desbocada del recuerdo, en los que amar era todavía un juego sin dolores. De verás soy yo el que corretea sin trabas por los primeros cariños, robándole a la tormenta el retumbar de un corazón en celo al contacto con su mano en mi bolsillo? Nunca tuve la destreza para sobrevivir a mis temores y quizás por eso la memoria de su rostro enamorado termina abruptamente en llanto. Se puede ser más estúpido? Para cuando la galerna sopla fiera ahuyentando el puzzle de la memoria, sus ojos noqueados por lágrimas siguen mirándome incrédulos a través de la bruma. Daría un mundo por rectificar mi cobardía aquella tarde!

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