Todas las palabras son sagradas de madrugada. Flojo el párpado. Crepuscular la conciencia. Liviana la responsabilidad malherida que nos ata al día. La noche retira presta su velo de sombras sobre el ajuar enmudecido de la tierra, sin apenas darnos tiempo a que nos coloquemos los disfraces. Un bostezo flamígero y el sol se despereza iluminando el horizonte, bebiéndose de un trago el agua de las mareas mientras crustáceos y hombres abandonan su escondite. Hay un resquicio de tiempo que no conoce nombre -entre la última oscuridad y el primer rayo- donde el satélite, confuso, palidece difuminado contra el azul del cielo, arrinconado por la claridad que se extiende. Qué fue de los callejones y de las tropelías de medianoche? Qué fue de la sombra alargada de nuestros deseos? Qué fue del discurso fácil con el que medimos la vida al fin de cada tarde? Como un exabrupto de luz que prologa la rutina, hay una hora sin madre que danza huérfana al margen de las etiquetas. No es noche. No es día. No es sol. Ni es luna. Inflamada en sangre como un hematoma celeste. Inquietante como la raíz de la mandrágora. Un paréntesis para que él último noctámbulo encuentre su camino a casa a través de calles que han detenido el habla. Todos los rumores, todas las anécdotas aguardan un instante; como si por cotidiano cada amanecer no fuera mágico. Luego, simplemente el caos. Y esa sensación atávica de que alguien en algún lugar nos vendió a la muerte.

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