Tengo la suerte de un bobo. Escindido del mundo por una intuición que sé cierta. Superviviente en la ruleta de los desamparados. Danzando con los pies desnudos sobre el filo de la katana, ajeno a la colosal magnitud de la tormenta que arrasa los campos hoy trufados de muertos. No hay prisas. No hay pausa. Todo es exceso en el derrumbarse de las horas. La lluvia nos limpia de sangre las manos al término de la batalla, como si el carmesí que nos tatúa fuera un arte desechable. Y luego sólo el silencio, ingrávido, expectante, cubriendo los resquicios del alma horrorizada, como una tirita eficaz ante la hemorragia de culpa. Fui yo el asesino de estos ejércitos? Fui yo quién truncó tantas vidas inocentes por una conquista que ya no recuerdo? Solo entre cadáveres vacíos, contemplo el sinsentido de esta masacre. Cuervo y lombriz como únicos testigos. Sin una plegaria que conforte las carcasas sin hálito. Hay una paz extraña al final de todas las contiendas, un hervor de principio aún desconocido, una ilusión por seguir adelante cediéndole a la muerte sus trofeos, una lasitud en la que la carnicería ya no importa. Cuando me veas contando mis pasos al borde del abismo, recuerda que la vida me concedió una tregua. Vivo de prestado deslizándome por el calendario como una sombra por un callejón a medianoche. Procurando eludir la daga sin piedad de los recuerdos. Cada instante es una golosina.

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