Yo no sé quién eres. Pero te escucho sentado a la vera de este Mediterráneo cálido, con el rostro reflejado sobre las ondas que desdibujan tus facciones en el lienzo líquido. Tú me hablas de desamores que vapulean el corazón hasta el llanto. De la rabia que todo lo asola porque a las naciones les han crecido sin pausa los tiranos. Somos marinos en el océano de la vida, dices. Tensos a proa por avistar tierra firme. Impasible la jarcia bajo la tormenta que todo lo desmonta. Sujetando los palos del alma frente al embate de la mar brava que nos empapa los sueños en salitre y óxido hasta hacerlos inservibles. Quizás el sextante se nos atoró con tanta estrella. O la quilla sucumbió a las olas zalameras. Y ahora navegamos solos. Añorando los días en que a lo lejos el horizonte era una noticia nueva. Entre la mansedumbre y la mirada bélica. Entre la epidermis apenas tibia y este viento helado que todo lo palpa. Solos, porque no conocemos razones para la compañía aunque junto a nosotros caminen todas las bestias. Rajando la voluble epidermis de los mares surcamos las noches amoratadas por las contradicciones. Vacíos de deseos y planes. Sin más carta que arrojar la nao por el acantilado en el que todos los océanos se despeñan y mueren.

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