No permitas que al hombre se le acabe el crédito, tiritando solo en la húmeda trastienda de los dioses. Que no se le achante la bravura, intentando domar agónico a las bestias que lo acosan, en los mismos eriales en los que ha de cavar su sepultura. No permitas que enmudezca, atragantado con tanta palabrería gruesa y hueca que le bulle en las entrañas. Enarbolando su discurso afilado como un mono un machete. No permitas que al hombre le talen los tobillos hasta convertir sus metrópolis en junglas reconquistadas, mientras él aviva insensato la llama que calienta el crisol de la guerra y a su alrededor se derrumba el equilibrio del planeta. No permitas que sufra encarcelado en mazmorras hostiles, allí donde se estrangula la luz del mediodía. Sustraído su orgullo; abandonado a su suerte entre esputos y misiles; sujeto a los ciclos de una respiración tan profunda que no le cabe en los pulmones. No permitas que al final de los días se le juzgue como a un patán irresponsable, amenazado por las huestes de los que no escuchan, cercado por el tumulto de bobos beligerantes que reclaman sangre. No permitas que el hombre se extinga, como un humo levísimo rendido a la voluntad del viento.

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