La noche camina descalza sobre la hierba húmeda de los jardines. Mecenas del rocío y las libélulas. Perezosa como un bostezo que no termina. Desinhibida como una matrona en celo. Singular como un átomo rodeado de antimateria. Recorriendo de puntillas los silencios del alma con la sonrisa pícara del bufón canalla. Abriendo las puertas que el día cierra, para que el hombre se enfrente por fin a sus secretos. La noche no conoce avales ni excusas groseras. Sobre la mesa, quién eres: así de crucial resulta la partida. Reptando en callejones de sórdido recuerdo. O sobre el sepulcro olvidado de un profeta que no adivinó su suerte. Fría como la mano de la Parca sobre el hombro del que parte. Caliente como la entrepierna de una meretriz soliviantada. La noche promueve las poesías que el alcohol compone cuando la adicción te urge. Nauseas y dolor salpicando las estrofas. Corazones exhaustos que ya no dan la cara. La fatiga de un guerrero al que nadie vitorea, sorteando con voz ronca los cadáveres en el campo de batalla. La noche menciona tu nombre en un susurro, bajito como si Ka te arrullara en una nana. Esquiva como un francotirador difuminado al aire libre. Letal como el áspid que no atiende a razones. Deshojando la margarita de las extinciones, ahora que la civilización ha fracasado con estrépito. Sin más pretensiones que revolucionar tu calma. O hasta que te desprendas del engaño que la luz propone.

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