La luz es el enemigo. La luz vive en el pasado, transportando hasta nuestros ojos imágenes caducas de un mundo que ya no existe. La luz miente de forma compulsiva. Contándonos como inacabadas historias cuyo final ya se conoce. La luz lo esconde todo. Ciega con su ego lo que importa. Detalla con su brillo lo anodino de cada día. La luz se pavonea en el amanecer de cada mañana, mostrándole al funcionario de la vida un camino sin baches ni problemas. La luz es un seguro contra la osadía; una excusa creíble para no afrontar las sombras; un discurso convincente que todos comprenden, con el paisaje y el pantone como anzuelos. La luz es la razón de los mediocres, de los vagos; el azote del que anhela la oscuridad materna con que empezó todo; la vanidad de los transparentes. Un velo colorido que nos sustrae los secretos ante nuestras narices, atiborrándonos con información que nadie requiere. Bajo la luz somos rostro, cuerpo y abalorios; cáscaras en movimiento; lugares comunes para la cobardía de una raza que en la masa halla la excusa para tanta tontería. La luz es grosera; es obvia. Literal en su traducción de las cosas. Lineal en su retrato de lo que es infinitamente complejo. La luz es la consorte del parto; el recibimiento que aborta el yo del resto de las cosas; la daga brutal que apuñala la pupila en la primera mirada. Una pista falsa que nos subyuga. La distracción fatal que oscurece el alma.

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