Ellos moran cavernas oscuras, al margen del consuelo en la brevedad del tiempo. Esquivos los rostros y las intenciones, como sombras levitando los pasillos desiertos del hastío. No oigo latidos en sus pechos hoscos, indiferentes como son a las noches y a los días, sólo un murmullo que burbujea en el éter y emerge del silencio como un caudal desconocido. Sus ojos, icebergs peligrosos, taladran mis secretos de patán prehistórico mientras yo me rindo sin luchar a sus caprichos. Nada queda a salvo de su curiosidad sin excusas. Dime quién eres: Oculto tras el recuerdo florido de un último beso; evaporado entre la niebla que todo lo diluye; ausente en mi memoria cuando trato en vano de bocetar el pasado que me huye. Apenas conectado al mundo por una intuición que aún no germina y al abismo por un relato cuya épica nadie comprende. Solo entre sándalo y mirra, danzando en el vaho perfumado de los atardeceres de Oriente. Dime quién eres: Robándole a la muerte otra madrugada, con la desfachatez dicharachera del granuja que no se disculpa. Ellos descifran tu sonrisa bajo la lluvia, mientras aguardan una señal que no llega. Mansos entre leones. Oteando el titular en las estrellas bajo esta tempestad que nunca cesa.

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