Tú, me dices, conoces las voces que tutean a la muerte sin peligro. Yo, tonto como soy para detectar las trampas de la vida, tropiezo repetidamente con la piedra de los desalmados. Y en este calendario infestado de púas espero haber purgado los momentos más oscuros, aunque sé que la maldad habita cómoda para siempre en la energía que nos mueve. Tú, me dices, acallas con severidad los aullidos del lobo que pugna por sobrepasar los bosques de tu memoria. Yo, pervertido por las noches que me dan cobijo, no puedo evitar el restallar de sus colmillos cada vez que la carne toma el mando. Es tan leve el límite entre la virtud y el pecado que en la oscuridad que nos envuelve mi mirada miope confunde a menudo los colores que animo. Tú, me dices, descifras sin esfuerzo los jeroglíficos escritos en las sombras de la medianoche. Yo, bobo como pocos, infrinjo las leyes de la madrugada negándome a recibir al día que golpea repetidamente mi puerta cuando el sol despunta. Has de saber que las zarpas de la oscuridad nunca fueron para mí amenaza.

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