Ellos viven una vida sin sobresaltos, marchando sin conductor por las planicies del mundo como un animal más entre las bestias. Roto todo vínculo con el espíritu mientras la carne lucha para mantenerse a flote. Consumidos por el ansia que todo corroe transitan arrastrados buscando sustento. Perdidos en un laberinto sin salida, sin emociones ni anhelos que ayuden en la aventura porque el corazón pereció hace demasiado. Quizás tú aún pienses que este es el relato absurdo de un guionista con ingenio, pero pronto verás sus miradas ausentes contaminando la faz de la tierra hasta que el hombre vivo sea sólo caza. La razón? Como siempre, nuestra estúpida facilidad para considerarnos colegas de los dioses, la codicia con la que pretendimos conquistar todos los recursos del planeta sin atender las consecuencias. Tú escuchas recostado en la hamaca de tu condescendencia, ignorante de las genéticas malvadas que se cuecen en laboratorios bajo tierra. No fuimos los primeros, aunque bien podríamos ser los últimos. En lo que parecía un santuario impenetrable el patógeno aguarda un motivo que lo devuelva a la batalla: Los hielos del Ártico nunca fueron su ataúd definitivo.

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