Arden las calles en piras criminales. Mientras en los despachos, descerebrados de ambos bandos se regocijan. En cada esquina una barricada en llamas. Porras y adoquines al servicio de un odio grosero con tufo a guerrilla. Un asalto a la convivencia que a nadie beneficia porque la violencia es un lenguaje que ensordece. En noches inflamadas por la colisión y el desencuentro rugen entre chispas jóvenes decepcionados. Traicionados. Abandonados a su suerte. Hartos de una vida fúnebre de falsas promesas. Furiosos por igual con los cuenta-cuentos y consigo mismos. Abarrotada la mochila de consignas que escupen al mundo con la ferocidad del cachorro arisco que se revuelve. Respondiendo al tam-tam de la violencia como zombies cortos de ingenio. Azuzados por mentes cobardes que se agazapan tras las cómodas poltronas de las instituciones. Insomnes tras ojos como platos mientras la ira les descerraja el menos común de los sentidos. Llegan agazapados tras máscaras y actitudes bélicas, incendiando las calzadas con ígnea resistencia. Deseando construir un futuro a pedrada limpia, ignorantes de qué querer exterminar al enemigo nunca fue bueno para la causa.

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