Llama a los que viven solos bajo las farolas turbias de la medianoche. Agazapados tras delirios que los cuerdos temen cuando a las últimas luces las engullen las sombras. Llama a los sin nombre para que regresen de su exilio en la oscuridad de las almas. Porque yo ya no conservo el arcabuz de mis antepasados para defenderme de la masa hostil que nos rodea. Llama a los que vagan por las autopistas del éter. Llama a aquellos que no cuentan los días en latidos, cabalgando el relámpago al explosionar la tormenta. Llama al navegante al que todos los mares rinden pleitesía. Porque yo ya no reconozco el mundo sobre el que planto mis pies y mis palabras. Porque en el fragor de la madrugada escucho las alarmas roncas de todas las naciones. Porque en el caos de las horas negras las voces aúllan amenazas que amedrentan. Llama a la niña rubia en la primera fila del templo. Tú sabes a quién me refiero. Dile que todos los arcángeles armados hasta los dientes aguardan su orden para iniciar el Juicio. No temas ahogarte en el azul abisal de sus pupilas. Ni el que todas las gentes hayan enmudecido de repente.

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