Dan la espalda al Pacífico con mirada enfurruñada, hartas de tanta visita impertinente en pie de guerra. Asesinos, esclavistas, ladrones sin escrúpulos, tsunamis violentos con los que el océano golpea con saña las viejas tradiciones. Nunca el agua trajo nada bueno! Miran las colinas hoy alopécicas por las que trotan turistas que no comprenden nada. Tampoco ellos son una adquisición bienvenida. Bajo cielos aún turbulentos recuerdan la edad del paraíso, aislados del mundo en un escupitajo flotante que pudo haber sido la tierra prometida, cuando los nietos de los tataranietos de sus tataranietos se despellejaron las manos y la imaginación para insuflarles vida en la piedra con ojos de coral y roca volcánica. Eran tiempos de maravillas. De gigantes. El hombre era camarada de la montaña y sobre sus hombros las constelaciones le hablaban un lenguaje desconocido. Hubo máquinas. Y extranjeros que no ansiaban conquista. Y en sus espaldas cincelaron ellos las pistas de un comienzo. Pero todo se frustró en un solo instante. Triunfó el odio. Abandonadas en sus úteros de toba, cegadas para siempre y derribadas de sus pedestales, decapitadas, enterradas, derruidas en pedazos frente a los acantilados…Así dejaron de aguardar lo inesperado. Así sucumbió la buena nueva.

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