Escucho atento el relato del psicopompo mientras la lluvia del monzón berrea sus pesares. Sé que no es momento para la travesía, pero bajo el crepúsculo que desangra los cielos de Asia sus palabras dulces me entretienen el espíritu. En el exterior la noche teje su mortaja de sombras mientras él, pastor sin cayado, reúne con cariño otro rebaño de almas. En la antesala de la muerte todos los rostros lucen amedrentados, inseguros del equilibrio entre sus méritos y sus atrocidades. Quién arriba? Quién abajo? Quién al medio? Pero no es tan complicada la realidad que nos aguarda. Somos navíos de un solo uso, habitados a bordo por un timonel torpe que nos conduce siempre hacia las rocas en una navegación suicida. Porque sólo rompiendo la cáscara se libera el fruto, para seguir deambulando entre disfraces las autopistas del éter. Hay tanto por descubrir que la tarea es abrumadora. Quizás por eso en cada capítulo se nos destruye el corazón en el empeño. En la fosca triste de la despedida él sonríe con benevolencia. Y en sus pupilas gélidas arde la promesa cierta de una cita futura. Llenó de candor saluda a lo lejos. Sabe que la luz abismal que lo ilumina aún me produce escalofríos.

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