El mundo entero es hoy un barrio. Y todo hombre y mujer son mis vecinos. La humanidad está en pausa. Arrinconada en una esquina del cuadrilátero con la ceja partida, tratando de esquivar el uppercut definitivo que la tumbe en la lona. Las calles son como un lienzo olvidado que ya no burbujea en palabras y cláxones. Ausentes las almas que frecuentaban el asfalto y hoy -tan poco acostumbradas a la pausa y el silencio- soportan mal la obligación de contemplarse en el espejo del encierro. Se ha probado falsa la idea de que podíamos acabar con el planeta. Es el planeta que, con una tos invisible que nos aterra, puede extinguirnos sin apenas despeinarse. Y nosotros, deshinchada la soberbia, corremos a escondernos unos de otros, porque el enemigo sin rostro nos hizo rehenes y extraños. Ahora vivimos en los balcones. Y señalamos furiosos a quién pisa sin motivo el exterior prohibido. Hablamos midiendo la distancia y la epidermis es territorio vallado. Yo no creo que salgamos de esta enteros. Se han roto demasiadas cosas que dábamos por seguras. El miedo es hoy el credo que nos mueve y la supervivencia la droga que nos mantiene a flote. Mañana…es una incógnita.

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