Todas las palabras enmudecen ante tu rostro, privadas de aire y tatuadas por el sonrojo. Yo no puedo amarte porque mi corazón ha desistido de tal suerte, decorado como está por cicatrices que no curan. Pero admiro la belleza despampanante que te ilumina, como si al ojo lo cegara un fulgor insostenible. Tú me miras desde el otro lado de la niebla, preguntándote porqué no busco como todos tu compañía. Yo ya tuve suficiente pasión en esta vida como para arriesgar la soledad por el capricho visceral de una sonrisa. Tú aprietas tus labios de sangre en un mohín contrariado de amazona, acostumbrada como estás al esclavismo de las almas. Pero afortunadamente la oscuridad es entre tú y yo un foso infranqueable en el que tu voluntad por conquistar no se aventura. Créeme, no te vale la pena esta batalla porque en mí se agotó toda alegría. Ahora vivo desahuciado por la suerte cabalgando las llanuras que llevan al olvido, sin otro anhelo que hallar la calma entre tanta verbena confusa, burlando al día con cualquier excusa silvestre. En la claridad boreal que irradia la tundra le obsequió al hombre lo que me queda de alma. Mi consejo? Guarda la maravilla de quién eres para alguien al que la vida le parezca todavía una promesa nueva.

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